Mostrando entradas con la etiqueta bloque sur. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta bloque sur. Mostrar todas las entradas

domingo, 21 de noviembre de 2010

Exitosas operaciones c aeroterrestres contra las Farc urgen complementos socio-económicos

Análisis del conflicto colombiano
Publicado en la Revista Semana de Bogotá-Colombia, el 21 de noviembre de 2010
Las recientes operaciones aeroterrestres de las Fuerzas Militares contra los campamentos del Bloque Sur de las Farc en Putumayo y Caquetá, sumadas a exitosos golpes de Colombia contra el grupo terrorista, corroboran una vez más, que la coordinación de inteligencia técnica, análisis de documentos, bombardeos de alta precisión y desembarcos sorpresivos de comandos terrestres integrantes de las Fuerzas Especiales, articulan el salto cualitativo y la diferencia cuantitativa a favor del Estado.
Del triunfalismo desmesurado de las Farc, derivado de la debilidad de carácter del entonces presidente Pastrana y laxitud del alto mando militar que permitió el desalojo de un batallón de la zona de distensión, cuando inclusive la revista Time osó asegurar que Colombia estaba ad portas de la balcanización; el centro de gravedad de las operaciones de contraterrorismo, estableció como epicentro del Plan Patriota, la que hasta la fecha, las Farc creían inexpugnable retaguardia estratégica.
Con paciencia, profesionalismo y avanzadas técnicas de inteligencia militar, las Fuerzas Armadas de Colombia, infiltraron los anillos de seguridad de los bloques Oriental y Sur de las Farc, e iniciaron a causarles una seguidilla de golpes tácticos de connotaciones estratégicas, que hoy además de ubicar en primer plano a las instituciones armadas colombianas en operaciones de guerra asimétrica, devolvieron la fe a los colombianos en que se puede invertir con seguridad y en que el Ejército nacional y las demás Fuerzas Armadas que lo apoyan, no cesarán en golpear a los terroristas hasta conducirlos a la rendición, igual que sucedió con el M-19, el Epl y la Corriente de Renovación Socialista del Eln.
Pero, como lo hemos escrito muchas veces, la victoria militar per se no basta. Ejemplo clásico la Operación Anorí que en 1973 liquidó al primer Eln, pero por miopía estratégica y falta de carácter del entonces presidente Alfonso López Michelsen, los remanentes del grupo terrorista orientado por teólogos de la liberación, resucitó de las cenizas.
Igual puede suceder con las Farc. A las bajas en combate de Reyes, Jojoy, Acacio, Rincón, Mariana, Patamala, la pilosa, Danilo, la mujer de Trinidad, etc; eventualmente se pueden sumar las de Catatumbo, Cano, Gómez o cualquier otro terrorista de importancia dentro de las Farc, pero estas operaciones perderán el valor político-estratégico, si el gobierno nacional no estructura una estrategia integral de consolidación, con medidas sólidas de cooperación civil-militar, educación, inversión socioeconómica en zonas a apartadas y aclimatación a nivel nacional de una cultura de paz, tolerancia y convivencia sin apasionamientos violentos.
Es indudable que las Farc están en crisis de mando y dirección. Cano y los demás cabecillas no han podido articular una línea de acción armada consistente que impida la acción sorpresiva y contundente de las precisas incursiones aeroterrestres sorpresivas de los últimos dos años. Por ende, el Estado colombiano y las Fuerzas Armadas deben explotar el éxito estratégico alcanzado y complementarlo con intensas campañas de propaganda y guerra sicológica, tendientes a la desmovilización masiva de los terroristas de bajo nivel.
En la práctia, las farc estánAaferradas a la última tabla de salvación que les queda: buscan la legitimación política y el estatus de beligerancia apadrinados por el Foro de Sao Paulo, y a ello le apuestan escudados en la etapa de hipocresía mutua entre Santos Correa y Chávez, así como la esperanza que la terrorista brasileña Dilma Rousseff, obediente a los planes de Lula desde Unasur, les ayude en el empeño.
Por esa razón, las Fuerzas Militares no pueden reducir la ofensiva táctica y estratégica contra todas las estructuras de dirección farianas, pero también es necesario que los embajadores, cónsules y la propia ministra de Relaciones Exteriores salgan de la consuetudinaria mediocridad de este tipo de funcionarios acostumbrados a vivir de honores y prebendas, para que presenten ante el mundo la realidad de quienes son las Farc y cuál es el arcaico proyecto político que persiguen con el apoyo de los gobiernos del hemisferio, lacayos de la dictadura cubana. Y claro que todo el gabinete ministerial trabaje en bloque para desarrollar una estrategia socio-económica de consolidación de la paz.
En síntesis, es necesario ganar la guerra para conquistar la paz, pero también es el momento estratégico oportuno para que por primera vez, la dirigencia política entienda que la solución al problema no es solo el empleo de la fuerza militar asediada por tirios y troyanos de la política, sino que quienes deben avocar las respuesta integrales, son quienes ostentan el poder civil y hoy heredan en los cargos a quienes generaron este desorden y este drama para el país.
Coronel Luis Alberto Villamarín Pulido
Analista de asuntos estratégicos
www.luisvillamarin.com
Obras del coronel Luis Alberto Villamarín Pulido

jueves, 21 de enero de 2010

Testimonio de dos pilotos de combate

El 30 de agosto de 1996, 415 terroristas del bloque sur de las Farc arrasaron por sorprea la base militar de las Delicias. Al cabo de 17 horas de desigual combate, murieron 28 militares, 60 fueron secuestrados y 15 queadron heridos de gravedad. Este es el testimonio del coronel Iván González y le mayor Ricardo Torres, los pilotos del primer helicóptero militar que aterrizó en el lugar de los hechos.
Eran las cuatro y media de la tarde cuando despegamos del Batallón Joaquín Paris con rumbo a la población de Las Delicias en el departamento del Caquetá. Íbamos en el Helicóptero FAC 4122, Black Hawk de la Fuerza Aérea Colombiana. Yo era el copiloto de una tripulación de 4 personas, un piloto y dos técnicos de vuelo, que recibimos la orden de evacuar algunos soldados heridos.
Sobrevolamos durante dos horas y media 450 kilómetros de selva espesa, infinita y profunda. A la mitad del camino, nuestra cabina, que hasta este momento vivió un ambiente fraternal y tranquilo, se fue quedando en silencio y se llenó de inquietantes secretos. La noche empezó a caer trayendo consigo un paisaje siniestro, gris y oscuro, como preludio de acontecimientos fatídicos. Debajo, la selva cada vez era más espesa, más primitiva y más espeluznante.
-Ejercito, Ejército, de rotor...-, -Ejercito, Ejercito, Ejercito de rotor...-, a la espera de su respuesta, imaginaba aquellos hombres tratando de sintonizar el radio al escuchar el sonido de nuestro helicóptero,
-Ejército, Ejército, Ejército de rotor...-, llamamos repetidas veces. Solo recibíamos el sonido seco de la estática de nuestro radio como respuesta. El sistema de navegación marcó las coordenadas del pueblo justo debajo de nosotros, pero no logramos verlo, hicimos varios giros, hasta que este surgió bajo una bruma densa, “¡parece que es ahí!”, expresó el Capitán“, giré la cabeza y vi un caserío abandonado y destruido por la barbarie. Casas destruidas, cuerdas y postes formaban desordenadas telarañas y las pequeñas embarcaciones hundidas a la orilla del río.
Buscábamos a un soldado, un infante de marina, un campesino, una señal de humo, algo o alguien, pero nada apareció. Pensamos seguir hacia la base aérea de Tres Esquinas, ubicada en el Caquetá a unos a 70 kilómetros de distancia, pero no teníamos combustible suficiente para recorrer los 70 kilómetros.
Imperaba aterrizar en aquel pueblo fantasma donde de seguro los terroristas nos esperaban. Imaginé la emboscada preparada y nosotros listos para pelear evadiendo cilindros y repeliendo el fuego de las ametralladoras enemigas. Nuestra situación era crítica, en ese instante todas las posibilidades pasaron por la mente, desde la idea de arborizar lejos de allí hasta caer sobre algún cultivo de coca o entrar en combate frontal.
Todas las alternativas eran peligrosas, pero nuestro deber era aterrizar. Debíamos pelear contra el miedo y el enemigo para rescatar a nuestros héroes heridos.Descendimos a poca altura donde identificamos lo que parecieran ser personas acostadas en el suelo y algo que parecían bultos en movimiento. Pensé en una emboscada del enemigo, pero era raro que estos no se ocultaran. Lo que se movía eran animales caminando entre ellos. El piloto de la aeronave tomó las precauciones necesarias y ordenó a los técnicos de vuelo alistar las ametralladoras.
Ordenó máxima disposición de combate, ajustar los protectores y desasegurar el armamento. Los pilotos con las manos sobre los controles, los artilleros, con sus escudos blindados sosteniendo las armas y con el dedo en el disparador y todos, con los ojos puestos sobre lo que se moviera en el horizonte. Descendimos alertas y callados con la adrenalina calcinando el miedo, el sudor corriendo y los corazones palpitando aceleradamente.
Las ráfagas de los rotores apartaban los árboles y agitaban las ramas levantando nubes de polvo y hojas, en diabólicos remolinos. El peligro era latente pero seguíamos vivos, ni un disparo, ni explosiones de bombas, ni gritos, nada. En vuelo lento, casi a ras del suelo, el helicóptero se deslizaba, cual ángel de la noche explorando entre los escombros y las ruinas de una antigua civilización extinta. Con las lámparas alumbrábamos los rincones, las garitas destruidas y el puesto de mando incendiado.
Al bajar, la pegajosa humedad con penetrante y fétido olor entró por las puertas abiertas, donde estaban alertas los artilleros. Nos invadió la desolación y el espectro de la muerte con el vaho de los cadáveres que convertían el aire en nauseabundo gas irrespirable. En el espacio abierto para los deportes yacían los cuerpos (17) de las víctimas de un cruento final, incinerados (5) junto a las trincheras, 8 caídos dentro de las ruinas y 5 ahogados en la orilla del río.
El fuerte viento estremecía a aquellos heroicos patriotas inmolados pero no vencidos, inermes como piedras, cubiertos de harapos y equipo militar destruido. Algunos, con los ojos abiertos en sus pálidos rostros, mostraban su último gesto de dolor y valor. Veíamos como los cuerpos eran empujados por el inevitable viento de la maquina, al mismo tiempo que se empeñaban en detectar cualquier señal del enemigo.
De repente, notamos destellos de luz titilando bajo los escombros y ligeros movimientos. Detuvimos el vuelo de inmediato pensando en un ataque frontal. Los artilleros giraron las ametralladoras. Quietud, máxima alerta y tensión con los nervios a punto de reventar. Solo el rugir de la máquina, el golpeteo de las aspas del rotor pero ningún ruido de armas.
Como sombras surgiendo de tumbas, comenzaron a aproximarse siluetas que arrastraban los pies y levantaban los brazos con actitud de suplicantes zombis. Caminaban e imploraban ayuda. Cuando la fuerte luz del reflector del helicóptero los cubrió, vimos sus fantasmales figuras.
De repente, encontramos lo que habíamos venido a buscar desde el lejano Guaviare, de donde partimos ese día a muchas millas de distancia de jungla al oriente del país, sin saber lo que nos esperaba. Eran los sobrevivientes del exterminio de la Base Militar de Las Delicias, sobre el río Caquetá, así parecieran seres del otro mundo. Solo el brillo de sus ojos lo negaba, el resto era igual: lodo, sangre, sudor y lágrimas.
Aterrizamos casi a las siete de la noche entre las ruinas de la Base Militar de Las Delicias. Caminé hacia los sobrevivientes y me sorprendió un Teniente médico de la Armada acompañado de un enfermero y 22 heridos. Había llegado antes que nosotros subiendo por el río Caquetá desde la Base Naval destacada en la frontera con el Perú. Algunos, en estado grave, tenían no menos de 4 y 5 impactos de bala en distintas partes del cuerpo; otros intentaban caminar aunque no lo conseguían.
Debíamos abordar pronto, pues a lo mejor, el enemigo acechaba cerca. Unos acostados y otros sentados, pero al final no cabían todos en el helicóptero. Prioridad, los más graves Ningún soldado deseaba quedarse a la espera de otro vuelo y confundían al oficial con sus gritos de dolor, pero era inevitable así fuese doloroso. Dejamos los menos afectados para después.
Mi capitán había abastecido el helicóptero con los últimos 50 galones del combustible de la reserva. Arrancamos motores y despegamos mientras yo miraba por la ventanilla a los que se quedaban. En sus ojos se veía el temor y la angustia de soportar por más tiempo el dolor y el miedo de estar en el sitio. Volamos hacia la base de Tres Esquinas. Abordo había una fetidez nauseabunda que emanaba de las heridas descompuestas, la sangre y el sudor de los cuerpos que se mezclaba con el humo del combate.
Sentí habitar en el infierno: Calor, gritos, llantos y el abrazo negro de la noche en el infinito espacio selvático. Al instante perdimos de vista la diferencia entre el cielo y la tierra. Era el panorama de un mundo sin horizontes.
Treinta minutos después.
-“Torre de control Tres Esquinas, Tres Esquinas, Tres Esquinas; helicóptero FAC 4122… FAC 4122…
Siga FAC 4122, este es Tres Esquinas”, contestaron. Informé la hora de llegada y el número de heridos a bordo.
Encontramos el punto de aterrizaje en la oscuridad, señalizado con los precarios medios de iluminación disponible en esa Base Aérea enclavada en medio de la selva. Pronto, aparecieron las alarmantes luces de las ambulancias. Los lamentos de los heridos se mezclaron con las órdenes de los médicos y las enfermeras. Aquel no era el fin de ese dramático rescate. Faltaba trasladarlos a un centro médico con mejores servicios. Transcurrieron 20 minutos cuando, en la negra y profunda bóveda celeste, se escuchó el distintivo rugir de un avión Hércules. No entendíamos cómo podría aterrizar. Estaba sobre nosotros y traía la esperanza de salvación.
De repente, la brillante luz de una bengala abrió un gran hueco en lo alto e iluminó todo el campo. El avión apareció en el centro del resplandor, suspendido en el aire, cual musculoso y alado dios griego que acude a proteger a sus jóvenes guerreros. Su silueta giró contrastando con el oscuro fondo del espacio y se posó en tierra mostrando el brillo de sus hélices que reflejaban la intensa luz de la bengala.
Al tocar tierra, el avión celebró su llegada con el chillido de las ruedas que despedían el humo del caucho quemado por el pavimento y el tronar de sus motores puestos en la máxima potencia de los reversibles para contener la veloz mole salvadora. Todos nos unimos a la celebración, con gritos de espontáneo júbilo. Lo habían logrado y los heridos se salvarían, a la media noche llegarían al Hospital Militar de Bogotá. Exhaustos respiramos satisfechos por la misión cumplida en aquel fatídico día.